11- Pensar en comunidad: lo que aprendimos este año mirando Necochea y Quequén de frente
Cuando empezó este blog, no había un plan ni una agenda de temas predefinida. Había una inquietud simple, casi cotidiana: la sensación de que muchos de los problemas de la ciudad donde elijo vivir, Necochea y Quequén, se discuten de manera fragmentada, aislada, como si no tuvieran relación entre sí.
Desde el inicio me paré en el mismo lugar: no como especialista, sino como vecino y observador de la realidad local. Alguien que convive todos los días con la ciudad real, con sus virtudes y sus falencias, y que cree que pensar lo público también es una forma de involucrarse.
A lo largo de estos meses fui escribiendo sobre calles rotas, rutas, residuos, salud, urbanismo, turismo, convivencia urbana y economía municipal. Temas distintos en apariencia, pero atravesados por una misma pregunta de fondo:
¿Estamos pensando Necochea y Quequén como un proyecto común o apenas reaccionando a la urgencia permanente?
Vale aclararlo —y sostenerlo—: no escribí estos textos desde el lugar del experto en cada materia. Los escribí desde el sentido común, desde la experiencia cotidiana y con la mayor honestidad intelectual posible. Con límites, con dudas y, seguramente, con errores. Pero también con la convicción de que hacerse preguntas razonables sobre la ciudad no requiere títulos, sino atención, compromiso y ganas de entender un poco más.
Problemas distintos, una raíz compartida
Si algo quedó claro después de este recorrido es que Necochea y Quequén no tienen una suma de problemas aislados. Tienen una dificultad más profunda: la ausencia de diagnósticos claros y, como consecuencia, la falta de planificación.
Los diagnósticos muchas veces no aparecen porque decir la verdad no siempre conviene. Y sin diagnósticos compartidos no hay entendimientos comunes. Sin esos acuerdos básicos, resulta imposible construir políticas públicas sostenidas sobre temas trascendentales.
Veamos algunos ejemplos concretos.
La SALUD es uno de los más evidentes. Es responsabilidad del Estado provincial y, gobierne quien gobierne, no se observan reclamos colectivos y sostenidos de la dirigencia local para pelear por mayores recursos, aun cuando una parte significativa del presupuesto termina absorbida por este sistema.
La pregunta, entonces, no es ideológica sino práctica: ¿estamos de acuerdo en que la salud corresponde a la Provincia? ¿Estamos dispuestos, como comunidad y como dirigencia, a reclamar en conjunto por más recursos cuando el problema nos afecta a todos?.
Algo similar ocurre con las obras de infraestructura estructurales, que dependen en gran medida de decisiones y financiamiento de alcance nacional o, en algunos casos, de la gestión de créditos internacionales —como los del BID— que requieren capacidad técnica y política para ser impulsados.
Un caso emblemático es la planta de tratamiento de efluentes cloacales, una obra largamente postergada y clave no solo para el saneamiento ambiental, sino también para la salud pública y el desarrollo futuro de Necochea y Quequén. Sin este tipo de inversiones estratégicas, cualquier discusión sobre crecimiento, turismo o calidad de vida queda inevitablemente limitada.
Se trata de una inversión largamente mencionada y postergada, que aparece de manera intermitente en la agenda pública, pero rara vez como parte de un reclamo sostenido y consensuado del distrito. Más allá de quién gobierne la Nación, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿existe una estrategia local clara para defender esta obra como prioritaria y sostener ese reclamo en el tiempo?.
Las CALLES son otro caso claro. Se siguen rompiendo, la necesidad de más asfalto es evidente y también lo es la falta de dinero. Sin embargo, no aparece una sola idea concreta que permita pensar el problema más allá del parche permanente.
Ahí vuelve a faltar el diagnóstico compartido: ¿estamos de acuerdo en que las ciudades necesitan estar mejor conectadas? ¿Sabemos que el Estado municipal, en su situación actual, no puede afrontar obras integrales de pavimento, pluviales y cloacas? ¿Estamos dispuestos a discutir si los vecinos deberían aportar parte de esos costos, o si hace falta pensar algún fondo o tasa específica para ese fin?.
Algo similar ocurre con el CRECIMIENTO URBANO. Las ciudades se expanden de manera desordenada, hacia zonas cada vez más alejadas, y luego aparecen reclamos para que el Estado lleve servicios completos a lugares donde nunca estuvieron previstos.
La discusión de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿somos conscientes de que las decisiones individuales —como comprar lejos— tienen consecuencias colectivas? ¿Entendemos que no todos los sectores pueden tener el mismo nivel de servicios al mismo tiempo, sin planificación ni recursos suficientes?.
En todos los casos aparece el mismo patrón: soluciones parciales y urgencias que terminan desplazando cualquier estrategia de largo plazo. Pero también surge otro problema menos cómodo de admitir: la tendencia a reclamar sin involucrarse y a exigir soluciones sin discutir seriamente el punto de partida.
Pensar en comunidad no es una consigna
Después de recorrer estos temas aparece una conclusión incómoda, pero necesaria: pensar en comunidad no es una frase linda ni una postura moral. Es un ejercicio práctico que empieza por aceptar límites y responsabilidades.
Pensar en comunidad implica, antes que nada, ponerse de acuerdo en el diagnóstico. Saber qué problema es municipal, cuál es provincial y cuál es nacional. Entender qué se puede exigir, a quién, con qué argumentos y con qué respaldo. Sin ese punto de partida común, cualquier reclamo se vuelve difuso, contradictorio o directamente estéril.
También implica aceptar que no todo se resuelve solo con voluntad política. Hay problemas que requieren dinero, tiempo y acuerdos sociales. Y eso nos incluye a todos. Porque cuando hablamos de calles, salud, residuos o servicios, hablamos de recursos que salen —directa o indirectamente— del bolsillo de los vecinos.
El rol de la dirigencia y el rol del vecino
En este recorrido aparece otra tensión permanente: la de una dirigencia que muchas veces administra la coyuntura, evita decir verdades incómodas o aparece solo cuando el tema conviene; y la de una ciudadanía que, en muchos casos, se mantiene al margen hasta que el problema golpea la puerta propia.
Pensar en comunidad exige algo distinto de ambos lados.
De la dirigencia, diagnósticos claros, información honesta y la capacidad de explicar límites.
De los vecinos, interés, participación y disposición a discutir soluciones posibles, aun cuando no sean las ideales.
Sin ese ida y vuelta, la ciudad queda atrapada en una lógica de parches, reclamos aislados y frustración permanente.
Un cierre abierto, mirando hacia adelante
Este año de escritura dejó más preguntas que respuestas. Y está bien que así sea. Porque las ciudades no mejoran cuando alguien tiene todas las respuestas, sino cuando más personas empiezan a hacerse las preguntas correctas.
Pensar en comunidad no garantiza soluciones inmediatas. No resuelve de un día para otro problemas estructurales ni borra años de desorden. Pero sí abre algo fundamental: la posibilidad de discutir la ciudad con mayor madurez y con más información.
De cara a 2026, el desafío es animarnos a dar un paso más. A discutir diagnósticos antes que culpables. A hablar de recursos antes que de promesas. A entender que mejorar Necochea y Quequén no depende solo de quién gobierna, sino también de cómo nos involucramos como comunidad.
Ojalá el próximo año nos encuentre un poco más dispuestos a escuchar, a explicar y a participar. Ojalá podamos transformar algunas de estas preguntas en acuerdos, y algunos acuerdos en decisiones concretas.
Ese es el espíritu con el que nació este espacio.
Y es, también, la esperanza con la que vale la pena pensar lo que viene.
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